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“Bienvenidos” a Guyana: un bizarro cruce fronterizo

Llevamos un mes recorriendo la esquina olvidada de Sudamérica. El techo continental abrazado por Brasil y Venezuela: Las desconocidas Guyanas.

Y viniendo de la amable y hospitalaria Surinam, y previamente de su vecina francesa, tan organizada, cara y bien portada, fue más bien una sorpresa que nos pusieran tantos obstáculos para ingresar…No a nosotros, sino a nosotros + el Facu.

Hasta ahora no hemos tenido ni un problema con entrar a países con nuestro perrhijo. Sus vacunas al día y uno que otro papel han sido trámites que nos hemos tomado con seriedad y responsabilidad.

Pero cuando estás en un país en el que si eres “gringo” es obvio que tienes plata, es donde comienzan los problemas. Cuando llegas a la sucursal sudamericana de India, es de esperar que los de Aduana, que tienen como autoridad cierto poder sobre uno, se aprovechen y te agoten la paciencia hasta que aflojes la billetera.

Porque nos pidieron las vacunas. Mostramos todos los papeles. Pero ni los miraron. Y son tan “serios” con su regulación de entrada de cosas de origen vegetal y animal, que pese a que declaramos nuestras frutas y verduras, no nos requisaron nada.

Y como andábamos con un perrito, éste se tenía que quedar requisado?

Sobre nuestro cadáver.

Porque vamos aclarando que si no nos dejaban entrar al país, nos devolveríamos miles de kilómetros por donde mismo entramos, sabiendo que el mapa no nos daba más alternativas ruteras.

“Es que ustedes no deberían andar con un perro”, nos dice la amargada mujer que claramente nunca había tenido uno.

Lo que querían era buscar cualquier motivo bizarro y sacarnos como fuese una buena suma de dinero.

Las horas pasaban y nos revisaron la furgoneta como si fuésemos narcos.

Y nosotros intentando entender el por qué nos pedían 100 dólares para ingresar al país con un perro que tenía sus papeles en regla.

Y es que al parecer nos faltaba la autorización de la Nasa y de los maharajas del Rajastán Indio que te autorizan desde el más allá para entrar con perros rubios, chilenos y que hayan pisado más de 5 países.

Devolverse nos saldría más caro. Y sin mi Facu ni a la esquina. Así que no nos quedó más alternativa que asumir el costo. Pero no habían casas de cambio y tampoco aceptaban tarjetas de crédito.

Adeola, esa amarga mujer con falta de amor perruno nos estaba dando la autorización de entrar a Guyana pero antes debíamos seguirla a unos 30 kilómetros de ahí.

El “Welcome to India” fue una cachetada cultural que nos dejó aturdidos. Fuimos esquivando vacas por la única carretera que atraviesa pueblos de nombres auspiciados por Pepsi (?) hasta que se detuvo y nosotros tras ella.

Nuestra última Guyana era “Now or Never” (“Ahora o Nunca”)

De pronto gritó el nombre de una persona que salió y era un tipo que cambiaba dinero. Y como si estuviésemos comprando droga en una esquina, le pasamos un fajo de billetes a Adeola sin obtener de vuelta ni un recibo! Le mencioné algo al respecto y nos dijo que camino a Georgetown (la capital) nos esperaría una chica que nos daría un comprobante de pago para transitar con el Facu por el país. Yo miraba el cielo buscando las cámaras escondidas porque ésto tenía que ser una broma para algún programa de la televisión nacional.

Y efectivamente cuando estábamos haciendo fila esperando cruzar un puente, llegó un auto con 3 tipos que se puso al lado del nuestro y se bajó una dama. Una mujer bien educada que merecía más respeto que cualquiera de los simios que atendían en la Aduana. Recibimos un papel más formal que una servilleta y nuestra sensación de “fuimos estafados” se diluyó un poco. Sólo un poco. Porque la situación y el contexto no podían ser más irregulares, por no decir surrealista.

Y pese a que tuvimos un día agotador, pudimos terminarlo bien, siendo aceptados amablemente en el estacionamiento de un hotelazo, donde estábamos resguardados por guardias y podíamos dormir tranquilos y seguros.

No quiero generalizar, pero a excepción de quienes nos dejaron acampar en ese estacionamiento, nos sentimos vulnerables y mal recibidos en la Guyana inglesa. Percibimos una energía extraña, fría y violenta en la gente. No bastaban nuestras sonrisas, porque nadie regalaba una de vuelta. Sentí con mucha tristeza las heridas de un pasado de esclavitud y el evidente resentimiento y bronca por parte de los indo y afroguyaneses hacia nosotros, los blancos.

Es así, a través de las horribles injusticias de la historia, el cómo pagan justos por pecadores.

Y nuestra estadía duró mucho menos de lo esperado. Porque si bien su gente no nos regaló su mejor cara, el clima nos estaba sonriendo y aprovechamos esa ventana de buen tiempo para atravesar la selva guyanesa, imposible de transitar si te llueve. Y esa aventura significaba salir a tiempo, o quedarnos hasta Septiembre en las Guyanas o devolvernos por el mismo camino volviendo a atravesar la frontera maldita y las Guyanas vecinas.

Pero como la suerte y el destino siempre están de nuestra parte, logramos salir ilesos del camino más peligroso y difícil del continente…

…Pero esa es otra historia.

 

 

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1 Comentarios

  • Reply
    Charlene
    9 marzo, 2018 at 8:58 am

    Pucha qué triste que hay gente que busca aprovecharse de quienes ven con “más plata” por ser extranjeros, blancos… demás que en ese país la gente lo ha pasado mal, y quien puede culparlos, pero es triste que eso sea sinónimo de maltratar a quienes se entusiasman con visitar su país y sacar el mayor provecho de sus bolsillos. Qué bueno que pudieron salir de ahí Pame, y que a pesar de los disgustos, están sanos y salvos.

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