Asia Viajando en pareja

El Morfeo Laosiano…

Después de Vang Vieng, nos fuimos a Don det, una de las 4 mil islas del Mekong, al sur de Laos. El viaje fue agotador: primero tomamos un bus de Vang Vieng a Vientiane (la capital de Laos) y desde ahí un sleeper bus a Pakse. Esa noche no dormimos nada, el camino daba unos saltos y nosotros acostados y relativamente cómodos, pero los baches del camino eran patadas en el cu…en los riñones!

La pasada por Pakse era nada más que para dejar nuestros pasaportes en manos de la embajada de Vietnam, tramitando nuestras visas, donde nos llegó un balde de agua fria al saber el cuánto nos costaría: 60 dólares cada uno y no podíamos pagar con tarjeta. Bueno, no nos quedó otra. Vietnam no se descartaba de la ruta por ningún motivo. Halong Bay lleva 16 años esperándome y yo me moría por conocerla.
Así que después de los trámites en la embajada, tomamos un tuk tuk rumbo a la «estación de buses», pero nos dejaron en algo así como una flota de taxis. Bajaron nuestras mochilas, nos preguntaron a donde íbamos y nosotros con cara de circunstancias dijimos «Don Det» y a empujones nos chantaron literalmente a presión en una especie de camioneta donde la parte trasera tenia techo y una tabla a cada lado para sentarse. Era un transporte para 12 y ibamos 25 personas arriba! En el tercio de asiento que me tocó pude apoyar un tercio de mi adormecido trasero que para más remate los últimos 2 meses ha crecido gracias a tanto rice, noodles y banana pancake. A mi marido no le tocó asiento, se fue parado en algo así como el parachoque trasero y agarrado de las mochilas que íban amarradas en el techo. Una locura! Y eso que aún no llegamos a India. Traté de tomarlo con humor y al principio, iba muerta de risa pero tras hora y media de camino y una buena colección de calambres de la cintura hacia abajo, la cosa ya dejó de parecerme chistosa. La última hora de viaje creo que entré en estado zen porque no me acuerdo que fue de mi pobre y acalambrada humanidad, pero que podía importar todo eso si estábamos por llegar a una isla donde nos esperaban los brazos del morfeo laosiano?
Nuestra intención no era más que hacer nada, y este lugar es ideal para eso. Con gente acogedora y un tempo maravillosamente pausado, esta isla es perfecta para ralentizar aún más los latidos.
Nos instalamos por 5 días en una cabañita casi sobre el río mismo, rodeados de verdes y hamacas.

El único día que decidimos movernos un poco, fuimos pedaleando a unas cascadas a la isla del frente, Don Khon.

Don Khon desde Don det.

Son unas cascadas muy bonitas, pero en esta época del año, que no llueve, no tienen mucha agua.
Pero el esfuerzo de andar en bici con ese calor y el baño en el río fueron una maravillosa recompensa. Además hay que darle crédito al camino para llegar. Así de fotogénico era el entorno.

Fueron días de relajo absoluto. Tardes de acordeón y ukelele. De samosas, siestas y caminatas de poco esfuerzo.
Nuestra última noche fue bien especial. En nuestras cabañitas, donde había una onda muy rica, los franceses encargados organizaron un encuentro musical y mi acordeonista favorito (mi compañero de viaje y vida) los dejó a todos fascinados con sus melodías. Por ahí hasta un gringo se animó y se puso a hacer stand up comedy, y una chica de voz angelical se animó a cantar.

Lindo no?

Después de casi una semana de «chill out» en Don Det, nos vamos despidiendo de Laos y nos disponemos a explorar tierras vietnamitas, saliendo de un país y entrando al siguiente destino por tierra.
Pero esa es otra historia.

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