Latino América RoadTrip Viajando en pareja

Las Guyanas: Dimensión desconocida de Sudamérica

Pocos saben de su existencia. Algunos las han escuchado mencionar por ahí, pero no las relacionan con Sudamérica. Ni siquiera ellos, que sienten geográficamente que pertenecen más al caribe.
Pero si hablamos de lo cultural, es dicícil describirlas objetivamente. Es como estar frente a un plato donde todos los sabores son posibles.
Primero partamos por la pregunta número uno que me hacían todos cuando escuchaban de mi parte que iba a las Guyanas: “Y dónde está eso?”.

Estos tres pequeños países se encuentran literalmente en el techo de Sudamérica. Abrazados por Venezuela hacia el oeste y por el norte de Brasil.


Pero no te engañes! Porque si piensas que su ubicación la hace merecedora de grandes paraísos playeros, te vas a llevar una gran desilusión.
En nuestra ruta sudamericana por tierra, en furgoneta y con nuestro perrhijo, las Guyanas eran una esquina olvidada que nos guiño el ojo apenas desplegamos el mapa – y los sueños- sobre la mesa.
Ya llevábamos un año rodando el continente que nos parió y tras manejar por toda la costa atlántica brasilera, llegó nuestro momento de cruzar a la Europa sudamericana:

Guayana Francesa

Bastó cruzar el puente por sobre el río Oiapoque que hace de frontera con Brasil para darnos cuenta que estábamos en un lugar muy diferente. Del otro lado flameaba orgullosa la bandera de Francia y estábamos en una aduana más visitada por mosquitos y serpientes que personas. La bienvenida fue grata, ordenada y tranquila por parte de los funcionarios y policías que apenas chapurreaban un inglés afrancesado. La entrada en vehículo es carísima porque nadie puede ingresar a la Francia latina sin un seguro que te permita transitar por ahí. El papel cuesta casi 200 euros y nadie se salva, a menos que seas ciudadano de la unión europea con patente made in viejo continente.
Mientras avanzábamos las preguntas iban apareciendo, intentando descifrar ciertos misterios que hasta el día de hoy no logramos resolver, como por ejemplo la manía de abandonar autos a orillas del camino transformando la única ruta que atraviesa al país en un cementerio chatarra. Curioso.
Nuestra primera parada fue Cacao, un trocito de Asia en la Europa sudamericana. Cacao vendría a ser como el jardín del edén de exiliados de Vietnam y Laos tras la guerra de Vietnam en 1977. El gobierno francés les había otorgado una porción de selva y un plazo de 2 años para arreglárselas y ser autosustentables.

Quinientas personas llegaron a Cacao trayendo consigo su idioma, sus trajes típicos y su cultura. Cuatro décadas después los 500 eran casi 3000. Habiendo estado en esos países del Sudeste Asiático y habiendo llegado a la Guayana Francesa sin previas averiguaciones, lo que tenía frente a mí significó revivir momentos de mi rincón favorito del mundo. Me inundó eso que los brasileros llaman “saudade” y se me nublaron los ojos al ver en esta esquina de Sudamérica a los Hmong, esa minoría étnica con la que conviví entre terrazas de arroz en el norte vietnamita.
Lo que estaba por venir en nuestro paso por la Guayana Francesa fue tan sorprendente como los casi 10 euros que costaba un kilo de tomates: una base espacial desde donde lanzan cohetes al espacio (foto de portada de este post), playas con rocas rosadas y violetas, más serpientes, mosquitos que atraviesan los pantalones, la gasolina más cara del continente, una capital con aires pueblerinos y un carnaval que más bien era una oda a la diversidad y multiculturalidad propia de la regíon.

En la Playa Des Roches, de la zona hotelera de Kourou, nos quedamos 3 días.

Un país donde los asiáticos, negros maroons y europeos que llegaron a trabajar no se mezclan pero conviven en armonía.
Y desde la francesa, nos fuimos a conocer a su vecina de descendencia holandesa, pero antes de irnos de la Francia latina, tuvimos un encuentro que veníamos soñando hace meses: Un oso hormiguero!!

 

Surinam

Ingresamos a un país donde se maneja por la izquierda y el holandés es el idioma oficial.
Sin embargo, los pueblos originarios, antes de la llegada de los europeos, ya contaban con sus propios idiomas. Grupos indígenas como los caribes y arahuacos han resistido por muchos años la instalación y colonización de los españoles, holandeses, franceses y británicos, pero gradualmente el viejo y el nuevo mundo fueron fusionándose, y eso se refleja también en lo lingüístico, cultural y religioso. Así surgió el Sranan Tongo, la segunda lengua más hablada, que es una especie de combinación entre el holandés y el inglés junto con voces africanas, producto de la interacción de esclavos africanos con los europeos.
Como si este buffet idiomático no fuese lo suficientemente variado, este país ha recibido una notable inmigración asiática, principalmente javaneses de Indonesia, indios y chinos, los cuales han hecho su aporte a las páginas lingüísticas de esta nación.
Nada mal para un pequeño país de poco más de medio millón de habitantes, ¿no? Caminar por las calles de su capital, Paramaribo, sus costas sobre el Atlántico y sus junglas amazónicas es como hacer un recorrido a través del tiempo y las culturas ancestrales de América pre-colombinas y africanas, con su toque europeo, encanto latino e influencia asiática.
La antigua Guyana holandesa se independizó del país de los molinos el año 1975, siendo el más pequeño y joven de Sudamérica.


Los precios descendieron y las sonrisas aumentaron, transformándola en la vecina más amable y hospitalaria de las Guyanas.
En Surinam volví al mercado y a los puestitos callejeros. Mis papilas gustativas volvieron a deleitarse con un Nasi Goreng y unas samosas indias. Porque su multiculturalidad también se degusta en su gastronomía.
Para comprender las raíces de el abanico multicultural y racial surinamés, es preciso chusmear un poco en el pasado colonial de esas tierras.
Fueron los ingleses los que consiguieron fundar el primer asentamiento estable y que posteriormente acabaría siendo la capital del país. Los británicos cambiaron el territorio con los holandeses que ya habían estado explorando la zona. La población neerlandesa se estableció en la costa dónde levantaron una industria de transformación de la caña de azúcar en la que trabajaban multitud de esclavos africanos. En 1863 se abolió la esclavitud y los trabajadores esclavos se fueron substituyendo por trabajadores provenientes de India, Java y China.
Así se generó una estructura étnica compleja, con una mayoría de población india fuertemente apegada a sus tradiciones culturales; los «criollos» descendientes de esclavos, los javaneses, los «negros cimarrones» (cuyos ancestros fueron esclavos fugados a la selva), los indios americanos y una pequeña minoría europea.
En el siglo XIX, Surinam quedó definitivamente bajo control holandés.
Y así es como en este pequeño y desconocido país, escuchamos diversos estilos musicales, muchos idiomas impronunciables y catamos una variedad de sabores que no sabría poner en palabras.

Las religiones también se manifiestan, haciendo atractivo y exótico nuestro paso. En una sola cuadra vimos mezquitas, iglesias y sinagogas.

Surinam fue lejos mi Guyana favorita, gracias a la hospitalidad de su gente. Un día cargando gasolina se nos acercó una pareja, atraídos por nuestra furgo de patente chilena. Nos abrieron los ojos como planetas en órbita cuando les contamos nuestra travesía por tierra. No podían creer nuestro viaje y nos invitaron a su casa para saber más. Cuando llegamos a su casa a las afueras de la capital (Paramaribo), nos recibió la familia y los vecinos con ganas de conocer a ese par de locos de Chile, que con perro habían venido desde el fin del mundo. Pasamos un fin de semana inolvidable junto a Keith, Monique y su preciosa y hospitalaria familia. Fuimos parte de sus vidas por unos días. Comimos sus picantes comidas, oramos tomados de las manos antes de cada almuerzo y cena y bailamos sus alegres melodías. Experiencias como esas confirman la importancia de salir de nuestro metro cuadrado.


El día que nos despedimos de un abrazo, pusimos marcha rumbo oeste a nuestra última Guyana…

Guyana (la inglesa)
Guyana, en lengua arawak significa “tierra de aguas”, nombre puesto por los indios arahuacos que más tarde fueron desplazados por los caribe que después se retiraron a las islas de ese mar que hoy lleva su nombre.

Guyana. Tierra de Aguas.

Otro país donde se maneja por la izquierda y donde creíamos que andaríamos menos perdidos desde el punto de vista idiomático. Su lengua oficial es el inglés pero es casi tan imposible de entender como el inglés de Escocia. Da igual qué tan bilingüe seas, el inglés de la ex Guyana Británica NO se entiende!
La mayor referencia histórica que se sabe de este pequeño país es la famosa masacre de Jonestown. Allí, en 1978, el reverendo religioso Jim Jones logró convencer a sus fieles, más de 900 personas, a que se quitaran la vida. Este suicidio colectivo, llevado al cine en más de una ocasión, es la página más negra de este país y la referencia inevitable cuando se habla de él.
La independencia definitiva de la Guyana fue en 1966 después de un proceso de 16 años.


Nuestra entrada a Guyana también fue cruzando fronteras acuáticas (desde Surinam) y la primera impresión se manchó tras la Bienvenida no grata que recibimos. Fue el primer y único país que nos puso problemas por estar viajando con un perro. Ni en los países más estrictos pasamos por eso, porque siempre hemos viajado con sus vacunas y papeles en regla. En la frontera Guyanesa nos trataron como a delincuentes y al ver nuestra patente extranjera intentaron de una forma u otra inventar excusas que significaran una multa. Pese a que mostramos nuestros papeles -tanto del furgón como de nuestro perro- ni los miraron y nos sacaron 100 dólares que si no pagábamos nos amenazaban con quedarse con nuestro hijo de cuatro patas. Como no teníamos dólares guyaneses y ellos no tenían casa de cambio tuvimos que manejar a 30 km siguiendo a una funcionaria turbia de la aduana a cambiar dinero a un lugar no oficial, y ahí, en medio de la calle como quien compra droga, hicimos la transacción que pagaba nuestra libertad y la liberación de nuestro perrhijo. De los casi 60 países que he visitado, jamás tuve un cruce fronterizo tan bizarro. Me sentí protagonista de una película de Tarantino.
La única carretera que cruzaba al país fue un portal surrealista de vacas que fuimos esquivando, casas tipo palafitos de colores estridentes y rostros poco amistosos de africanos e indios.
Nos fuimos pronto porque nos sentimos vulnerables y mal recibidos en la Guyana inglesa. Percibimos una energía extraña, fría y violenta en la gente. No bastaban nuestras sonrisas, porque nadie regalaba una de vuelta. Sentí con mucha tristeza las heridas de un pasado de esclavitud y el evidente resentimiento y bronca por parte de los indo y afro guyaneses hacia nosotros, los blancos.
Y para ellos, nosotros éramos demasiado blancos.


Es así, a través de las horribles injusticias de la historia, el cómo pagan justos por pecadores.
En resumen, si buscamos un común denominador entre las 3 Guyanas, ese sería su pasado. La esclavitud dejó cicatrices que perduraron a través de las últimas décadas. Heridas que se ven sanas en la vecina francesa y holandesa pero que tal vez no cicatrizaron bien en la inglesa.
Un pasado que atrajo además una diversidad que hoy se refleja en su multiculturalidad, algo que las hace exóticas, llamativas, interesantes y atractivas.


Ahí reside la belleza de las Guyanas: en su particular y colorido patchwork cultural.
Por eso cuando me preguntan si es bonito, no queda más que afirmar que la belleza depende del ojo de quien observa. Porque no vemos las cosas como son, sino como somos nosotros.

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