Inspiración Reflexiones

Los peligros de viajar

No sé si a ustedes les ha pasado, o es que yo después de un par de meses sin viajar me estoy volviendo loca/tripolar…pero después de un largo viaje, surgen en mí varias interrogantes sin respuesta, ligadas a la rutina, a esa vida que tenía antes de viajar, y la que tengo ahora.

Si están leyendo esto en busca de qué cosas podrían ponerlos en riesgo en sus próximos viajes, les aconsejo que mejor prendan la televisión que les mostrará de forma amarillista lo peor de cada país (razón prinicipal por la que dejé de tener tv en mi vida hace 6 años ya)

Desde que nacimos, venimos escuchando frases que nos hacen desconfiar del resto como el clásico «no hables con extraños»…

Se imaginan viajar -sobre todo cuando lo hacemos en solitario- sin hablar con desconocidos? Sin cruzar palabra con locales o otros viajeros con los que compartes hostal? Mmmm…No. No me lo imagino.

Hoy quise compartir con ustedes los reales peligros que implica probar un trocito de libertad:

Enamorarte: Y no me refiero solamente a engancharte de una persona. Al menos yo, no he conocido a mi media naranja viajando, y no digo que no sea posible…Pero sí correrás el riesgo de enamorarte de una vida nómada y de esa anhelada libertad. 

Cuando viajas por largo tiempo, inevitablemente te enamoras de una cultura, de un país, de otras filosofías, de la simpleza, y ante esto, es imposible no cuestionar tu vida, tus costumbres y forma de pensar. Lo que antes parecía normal, ya no lo es tanto…

Enemistarte con la rutina y el sistema: Una cosa es viajar de vacaciones dos semanas al año, donde escapas de la rutina y descansas del trabajo. Nadie dice que eso esté mal, es más, es la forma tradicional que la mayoría tiene de hacer un paréntesis en sus vidas. Después de esa acotada pausa, se dice que uno vuelve a la realidad o la que nos han hecho creer que es normal…Pero cuando dejas todo, y te vas por largo tiempo, la cosa cambia, y ahora el viaje es mucho más que un simple descanso o días de ocio, todo es diferente.

Conoces de verdad la vida real,  ya que te conectas con otras culturas, observas diferentes formas de ganarse la vida, descubres otras maneras de ver la felicidad, la maternidad, la religión, y te cuestionas hasta la profesión que elegiste. Es así como descubres que no hay perspectiva sin distancia. Y sí, sacarte la venda de los ojos puede resultar muy peligroso (y duro muchas veces), porque ésto definirá el cómo quieres seguir viviendo tu vida, en vez del cómo «debes» vivirla.

Ahora, seamos realistas. Al volver de un largo viaje, ya no te espera tu trabajo de antes y tienes que partir de cero otra vez. De vuelta a esa rutina que no te gusta, debes hacer el trabajo de aceptarla, intentar volver a llevarte bien con ella, y entender que si no trabajas no hay un próximo viaje.

Ahí es donde entra en juego la creatividad, y te las ingenias como sea para volver a generar ingresos sin tener que meterte en el sistema, y así evitar caer en la trampa otra vez.

La «realidad» puede ser una gran mentira (o una triste realidad): Esto pasa sobre todo cuando has vivido afuera, en un lugar con mejores oportunidades, mejores sueldos y calidad de vida. Es extraño volver, porque la gente te dice «bienvenido a la realidad» y una piensa «ésta será tu realidad, pero no tiene nada que ver con la mía «…el resto pensará que se te subieron los humos, que te creíste el cuento cosmopolita y que tu vida allá fuera, nunca fue parte de la realidad. Que vivías en una burbuja y que ya es hora de poner los pies en la tierra. Está la triste concepción de que la vida real es dura, sacrificada, que lo «normal» es trabajar en algo que no te llene y que la norma es vivir para trabajar, adquirir ciertas cosas que te den status, ser dependiente de un sueldo precario que con suerte te alcanza para vivir y hay que sacrificar tu vida en pro de otros y una hipoteca. O bien, ganas más que suficiente, pero a costa de no tener tiempo para disfrutar los frutos de tu esfuerzo…

Te suena familiar?

La vida, en Lombok, una islita de Indonesia.

…Cuando conoces realidades opuestas a esas, cuestionas lo que te inculcaron desde chica, y ahora, salirte del sistema te hace más sentido que nunca.

DesapegoSí, lo sé. Suena fuerte esa palabra: Desapego. Tiene una connotación power! Se asocia inmediatamente a egoísmo. Un día leí una frase de Walter Riso que no me fue indiferente:«Cuantos más apegos dejes caer por el camino, más cerca estarás de encontrarte a ti mismo». 

El apego es un estado emocional de vinculación, en algunos casos compulsiva, a una cosa, persona o pensamiento determinado, que genera en ocasiones la creencia persistente de que sin eso no se puede vivir o ser feliz.
En mi caso no existe el apego hacia lo material. Vendí mi único «bien», mi auto, sin pensar con tal de irme a dar una vuelta por el mundo de dos años, y créanme, lo volvería a hacer. De vuelta, no he sentido la necesidad de tener auto de nuevo, y no me interesa ni la ropa, ni soy de carteras y zapatos. Pero si hay algo que me duele dejar es a Benito, ese rubio/colorín que me ronronea cada mañana, el que endulza la amarga rutina. Sabe cuando me voy a ir, y asumo que huele mi día de vuelta. Actualmente Benito está en excelentes manos, porque traerlo con nosotros y meterlo en un furgoneta hubiese sido una pesadilla para él.

Benito <3

Y hoy día, algo que me pesa soltar y dejar de ver por años, es a mis sobrinos. Soy madrina de uno de ellos y la pura idea de querer emigrar, me pesa. Ya no solo eres una hija horrible por abandonar a tus padres que están envejeciendo, sino la tía/madrina del año por no estar presente en el crecimiento de tu sobrino/ahijado.

Con las amigas ha sido fácil, o me autoimpuse que lo fuera. Nos acostumbramos a estar separadas y gracias a la tecnología nos hemos mantenido en constante comunicación. Incluso, estando lejos hablo más con ellas, que cuando estamos en la misma ciudad y las agendas están siempre cruzadas.

Creo que uno viaje o no, debe aplicar desapego ante todo (trabajo, familia, mascotas, cosas materiales) y así poder transitar por este viaje de la vida, mucho más ligeros.

La irremediable adicción: Basta hacer un primer gran viaje, y listo. Estás contagiado. El bichito viajero se te metió hasta en las articulaciones, eres adicto y tu único remedio es seguir viajando. Sí señores, esto de viajar es tan increíble, sobre todo cuando vives la experiencia en solitario, que no quieres parar. Al menos yo, quiero conocer tantísimos lugares, que sé que me faltarán vidas para hacer todo lo que quiero, y estar en casa me desespera justamente por lo mismo…porque siento que estoy perdiéndome de muchas cosas. Hay un universo repleto de micro mundos diferentes, interesantes, sabrosos, coloridos, húmedos, tranquilos, hostiles, que muero por explorar!!

(necesito ayuda en serio, quien conozca un psicólogo que trate este tipo de adicciones, me avisa!)

No querer volver: A quién no le ha pasado? Sentir esas enormes ganas de quedarse, y de no volver?

Creo que por algo no tenemos raíces, y que el lugar donde nací no tiene porqué ser el lugar donde pase el resto de mis días. El mundo es un lugar demasiado alucinante como para quedarme en un rincón para siempre. Volver a casa es la parte más difícil de un viaje; haz crecido fuera del rompecabezas y ahora sientes que tu pieza ya no encaja.

No querer volver está muy ligado al primer punto mencionado (enamorarse).

Yo me enamoré perdidamente de un tal Vancouver, y ahora, Santiago, es un desconocido al que no entiendo, pero al que trato de querer (aunque me cueste)

Confiar: Después de viajar, confiar es uno de mis verbos favoritos. Implica tantas cosas, y viajando no queda otra. Desde el momento que te subes a un avión y dejas tu vida en manos del piloto, hasta que estás en destino y te alojas en casa de un desconocido que te contactó por alguna red social.

Confiar en que el tipo de la casa de cambio no te está estafando, confiar en que lo que te dijeron es cierto y que ese chofer kamikaze no se va a caer por el barranco.

Cuando viajamos estamos más alerta,  concientes y más despiertos, y esto nos hace más intuitivos. Hay que hacerle caso a la intuición, esa voz interna que rara vez se equivoca.

Y si algo sale mal, debemos confiar que todo estará bien y que el camino siempre te pondrá en frente un ángel que te dé una mano.

Y uno de los aprendizajes más valiosos que te dará un viaje, será el haber aprendido a confiar en ti.

Tener mucho tiempo para pensarMe llama la atención que desde que somos chicos, los grandes se aterran ante la idea de que estés aburrido. Niño aburrido es igual a niño que va a molestar, y vamos tapando ese espacio con pantallitas, donde podría desarrollarse la creatividad, el juego, la exploración. Cuando creces, no es aceptable estar aburrido, ahora es sinónimo de no tener nada qué hacer, tener tiempo libre, osea, eres un vago.

Muchas personas me han preguntado después de un viaje largo y sola: «no te aburres?» «y qué haces con tanto tiempo libre? yo no podría!».

Eso demuestra cómo nos acostumbramos a vivir la vida: apurados y sin espacios para la reflexión.

Viajando, ese espacio que invita al auto conocimiento se amplia de tal manera, que conoces facetas de tí que jamás imaginaste que tendrías. Cuando estás lejos de casa, en otro escenario, te obligas a hacer cosas nuevas, conocer gente nueva, probar sabores nuevos. En otras palabras, te culturizas, amplías tus conocimientos, y se abre tu mente a nuevas ideologías, y al conocer otras realidades, inevitablemente, comparas. Es por esto que al sistema no le conviene que pensemos mucho, ni que viajemos tanto, ni que seamos cultos.

Al sistema le conviene que vivamos en piloto automático, que no cuestionemos mucho las cosas, y que de tanto trabajar, no tengamos el tiempo, ni nos dé la energía para pensar si estamos felices o no.

Viajar te hace ver tu vida desde otra perspectiva, te hace repensar si vas en la dirección correcta, y te hace cuestionar todo. Viajando, tendrás todo el tiempo del mundo para pensar y reflexionar, y te aseguro, que se revelarán grandes verdades.

La vida, mental y espiritualmente hablando, es por necesidad insegura e incierta. Hay certeza sólo acerca del hecho de que hemos nacido y de que moriremos.

Ser tú misma y no conformarse: El «es lo que hay» ya no me hace ni un sentido. Después de viajar y de ver que no hay UNA SOLA respuesta a cada cosa, sino mil variantes distintas, ya no aceptarás que nadie te diga cómo vivir tu vida. Moverse por el mundo (insisto: SOLA sobre todo) te da una seguridad en ti misma que no te la dará otra cosa. Nunca te sentirás más tú misma como cuando viajas, cuando estás lejos, cuando no conoces a nadie y eres dueña de tus decisiones sin ser influenciada por el entorno.

Ahora te sientes más autónomo y emprendedor capaz de crear tu propia realidad.

O acaso te vas a conformar con menos, por temor a encontrar allá afuera algo mejor?

Otra forma de entender el mundo: somos nosotros mismos con nuestras acciones los que construimos la celda que después nos aprisiona.

Nadie nos obliga a comprar cosas que no necesitamos, ni a endeudarnos, ni a aceptar un trabajo que nos hace infelices. Son decisiones que tomamos voluntariamente porque simplemente no conocemos otras alternativas, y porque hemos sido influenciados por la tv, los amigos, la familia…

Atrévete a dejar lo bueno, para ir tras lo grandioso...

Que no te vendan la vida en un paquete cargado de sufrimientos. La vida es una aventura maravillosa repleta de oportunidades, y TU felicidad es lo más importante. Que ni si quiera yo venga a venderte que la felicidad es viajar por el mundo, ni que otros te hagan creer que la felicidad es tener hijos, una gran casa y un auto del año.

Recuerda que el tiempo es el recurso más escaso y de más valor. Inviértelo en algo que te haga feliz. El trabajo ocupa gran parte del día y de nuestra vida…si regalas tu tiempo a un jefe y un trabajo que no toleras, estás perdiendo un trozo importante de tu vida, que ya nunca más podrás recuperar.

Si quieres saber cuán peligroso es viajar, pues sale y descúbrelo tú mismo. La vida de por sí es peligrosa y estamos expuestos a sufrir…en un viaje pasa lo mismo, pero te aseguro que absolutamente todo, -lo bueno y lo malo-, habrá valido la pena.

Para saber cómo se nada en el mar, hay que salir de la pecera.

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