Reflexiones

Radiografía de una viajera

Si eres una viajera que sueña con conocer más de lo que se pueda en una vida, si anhelas con atravesar latitudes que se escapan de tu plano mental soñador e insaciable, entonces este texto es para ti.

Es que no me cabe duda de que los viajeros somos una “raza especial” hechos de trocitos de melancolía, severas cuotas de masoquismo, sueños cumplidos y por cumplir. Y escribo esto, tal vez, para no sentirme ni tan sola ni tan loca e incomprendida como a veces me siento.

Y aquí estoy, frente al compu a punto de vomitar este texto a modo de radiografía/terapia intentando poner en palabras todo eso que sucede en el interior de mi desarraigado ser. Apostando a que si llegaste hasta aquí, es porque quizás sientes -o haz sentido- lo mismo que yo.

Corazón

Mi corazón está compuesto por diferentes partituras. Cada una es una banda sonora diferente: con tambores que alguna vez escuché en una playa brasilera y en una estrellada noche musicalizada por bereberes del Sahara. Melodías compuestas también por los vientos de las montañas nepalíes que hacen danzar a su compás miles de coloridos banderines. Y en este corazón resuenan también las cientos de risas e idiomas que he escuchado en cada rincón.

Guardo dentro de este corazón ritmos alegres y tristes. Y sin duda la mochila hecha canción que más me pesa es la que suena de fondo cada vez que me despido de mis padres.

Este corazón conserva como un tesoro escondido miles de latidos de momentos incontables. Latidos acelerados de instantes adrenalínicos y de otros que nunca quise vivir.

 

DSC00964 (2)

Cuerpo 

Mi cuerpo físico tiene alas de ave migratoria. Tiene ojos que han visto mucho y muy poco a la vez. Ojos que guardan lágrimas de escenas que me conmovieron algún día. Lágrimas de paisajes que sueño conocer. Lágrimas de “adioses” y “hasta prontos”, lágrimas felices de reencuentros. Lágrimas de no haber estado ahí para ese nacimiento, para ese matrimonio y otras fechas importantes de una amiga o familiar. Lágrimas de incertidumbre, miedos y nostalgias. Lágrimas contenidas de ansiedad cada vez que cruzo una puerta de embarque. Lágrimas de emoción de otro sueño cumplido. Lágrimas al partir de un lugar del que nunca me quise ir… Sí. Soy una llorona. Y los viajes exacerbaron esa condición en mí.

Mi cuerpo también cuenta con un par de pies que quieren leer cada cuadra del mundo. Piernas lo suficientemente fuertes para caminar 8 horas diarias y algo debiluchas como para no cojear y quejarse después de un trekking intenso. Con un juanete que llora con el frío y una rodilla que sufre cada bajada.

Mi estómago, no obstante, se ha fortalecido en cada destino, siendo Asia la prueba de fuego.

 

Alma

Viajar me estruja el alma. Me hace comprender que en tierras lejanas es uno el extraño, aunque me cueste entender ciertos códigos culturales, y algunos de esos códigos me duelan hasta la médula. Mi alma se hincha cuando compro pasaje a un nuevo destino. Porque para mi el viaje comienza antes. Cuando lo planifico, investigo, pregunto y sueño. Viajar me sintoniza en una frecuencia única. Me conecta con mi capacidad de asombro, me hace volver a la niñez donde todo lo que toco, pruebo y miro es nuevo. Los viajes despiertan mi amor, empatía y conciencia. Mi alma ha aprendido a conectar con otras almas y en otros idiomas. Ha aprendido a dialogar con la mirada y las sonrisas. Esta alma nómada vive en una constante búsqueda de su lugar en el mundo. Un lugar que conecte con mi esencia y con el alma de mi otra mitad. Mi alma se columpia sobre un terreno contradictorio, donde las alas y las raíces me guiñan el ojo y me hacen sentir poco consecuente. Porque cuando viajo extraño la comodidad de casa y cuando al fin regreso a ésta me pican los pies por rutas nuevas…Pero esa es una lucha que habita más bien en mi mente.

 

Mente

En mi mente también ha sucedido lo inevitable: Los viajes han conseguido abrir y ampliar mi forma de pensar. Ambos hemisferios se han machacado en una destrucción de viejas creencias y prejuicios como “Viajar sale caro”, “los viajes y las relaciones de pareja no son compatibles”, “Los chinos son unos sucios”, “India es sólo pobreza y malos olores”, “Viajar sola es sinónimo de trata de blancas”, etc. Debo reconocer que antes también pensaba muy diferente con respecto a lo laboral. Creía que la única forma de sustentar mis viajes era trabajando, ahorrando y conformarme con el mes de libertad anual. Jamás imaginé que esta vida viajera -que ya lleva 12 años- me llevaría a enamorarme de la escritura y fotografía, a abrir un blog, que si bien no me pagan por escribir en él, sí me abrió muchas puertas y me ha permitido “traviajar” por el mundo, cosa que no creía posible. Y pasé de viajar con muy poco dinero a que me paguen por viajar! Aprendí a creer en mí y en mis talentos, a hacer reviews en páginas del estilo Tripadvisor, crónicas de viajes para revistas, vender mis fotos, ser editora de otros blogs y webs viajeras, ser parte de un programa de viajes con grandes blogguers de Latinoamérica, entre otros trabajitos esporádicos que han salido en este largo camino. Y son trabajos que no requieren un lugar físico fijo. Mientras tenga mis herramientas (computador, cámara, cuaderno y lápiz en mano y un buen wifi) lo puedo hacer desde un bar en una playa de Tailandia, en un espacio de coworking en Lisboa o desde una hostal en Marruecos.

DSC02003

Psicológicamente hablando estoy loca para algunos. Locura dictaminada por los cuerdos que prefieren la estabilidad de una vida “normal”. Y de alguna forma les doy la razón.

Confieso en plan de auto análisis que dentro de mi cabeza viven 2 marcianas de planetas opuestos:

La primera quiere mutar de escenario/contexto/cultura a cada rato. Porque siente que si deja de hacerlo, estaría tirando por la borda más de una década de vida construida en torno a los viajes. Esa que quiere mutar de furgoneta a casa rodante y que esa comodidad sea razón suficiente para no parar de viajar nunca más.

La segunda es esa que siente que necesita una base. La que quiere parar un rato y echar raíces en un lugar. Esa que quiere construir su espacio que no necesariamente sea en el lugar donde le tocó nacer y crecer. Que sea uno elegido, no impuesto. Un lugar del mundo que nos guiñe el ojo, una ciudad o pueblito ojalá con playa y buen clima que en algún viaje nos haya tocado el corazón. (y hablo en plural porque la vida me regaló al mejor compañero)

Esa otra marciana que quiere seguir viajando pero sin la angustia de tener que volver a casa. Una casa donde me espere MI escritorio y pueda sentarme tranquila a escribir y trabajar sin preocuparse de la velocidad del wifi. Esa que también quiere formar una familia, cosa que le aterra a la primera.

Hasta ahora a “ganado” la primera y a la segunda la mando a callar cada vez que se manifiesta.

Y en esa batalla que sucede últimamente en mi plano mental, entre ese cerebro lógico/crítico y ese lado soñador/creativo es que me balanceo hoy.

Y escribir sobre esto es mi forma de desahogarme, confesarme y de entenderme aunque no me entienda. De hacer catarsis buscando que estas palabras sean la balsa de mis propias tormentas y que al mismo tiempo resuenen y le hagan sentido a otras.

Así que si más de una de éstas líneas te son familiares, tranquila, que no eres la única!!

 

 

 

 

Quizás también te interese leer esto:

2 Comentarios

  • Reply
    JIme Sánchez
    26 octubre, 2017 at 8:09 am

    Hermosa! Bravo! Me encantó 🙂 Sabés lo que me quedó pendiente? El espíritu (que si bien no aparece en ninguna radiografía “normal” forma parte del ser que somos, te lo tiro como idea! jeje). Me gusta lo que transmitís. Sigamos! Te abrazo fuerte!

    • Reply
      brujulaviajera
      26 octubre, 2017 at 12:26 pm

      Siiii…me faltó el espíritu!! Voy a darle una vuelta eh? nunca es tarde para reeditar lo que ya está escrito! Gracias Jime!! De verdad GRACIAS por tu feedback <3

    Comentar